Había una vez dos tipos, bueno, una mujer y un hombre, que no se conformaron con beber lo que el mundo les ponía delante.

Mandragora Hidromel. Marina y Xisco. Dos alquimistas modernos, dos tercos románticos que un día se toparon con el hidromiel en algún libro polvoriento o en una película de esas donde los héroes beben como si la vida fuera un combate perdido. Lo probaron, se enamoraron, y ya no hubo vuelta atrás. Así empiezan las historias que valen la pena: con un sorbo que te cambia el rumbo, con una chispa que te jode la rutina para siempre.

Dicen que las primeras pruebas las hicieron casi en secreto, como quien cocina un pecado. Familiares, amigos, todos cayeron rendidos. Y cuando la vida te dice “esto funciona”, lo único sensato es ignorarla o lanzarte de cabeza. Ellos eligieron lo segundo. En 2021, mientras el mundo seguía girando sin pedir permiso, Mandragora Hidromel empezó a caminar. Un proyecto pequeño, testarudo, nacido en Inca, Mallorca, donde la gente aún sabe lo que es trabajar con las manos y mirar al futuro sin escupir sobre el pasado.

La miel es el alma del asunto, pero no cualquier miel. Marina y Xisco hablan de ella como otros hablan de amantes difíciles: cambiante, caprichosa, limitada. La primavera les da una miel multifloral que huele a vida recién estrenada; el otoño, en cambio, les regala sombras más densas, notas de melaza, tierra mojada, caramelo quemado. Cada estación es una apuesta, un riesgo, una promesa. Y ellos la aceptan como viene, sin maquillarla.

Los concursos internacionales les dieron medallas, aplausos, esas cosas que a veces sirven para recordarte que no estás loco. La primera fue en Madrid, 2019, con un melomel de cerezas que hizo que los jueces se quedaran callados un segundo antes de asentir. Y cuando un juez se queda callado, algo has hecho bien. Apariencia, aroma, sabor, sensación en boca… palabras grandes para describir algo tan simple como que está bueno y te hace sentir vivo.

Las variedades que elaboran son como hijos distintos: Origen IX y Origen XIII, los clásicos, los que solo llevan miel, agua y levadura. Los que te dicen “así empezó todo, así debería seguir”. Luego está la Mulsum Sa Fonera, fermentada con uva, un guiño a los romanos que bebían como si el mundo fuera suyo. Rubí brillante, elegante, peligrosa. Y después vienen las demás, dulces, menos dulces, frutales, botánicas, experimentales. Para cada paladar, un camino.

En Mallorca, el hidromiel aún es un desconocido. La gente lo mira como si fuera un truco, un invento nuevo, cuando en realidad es más viejo que sus abuelos. Marina y Xisco han pasado cuatro años explicando que no es un licor, que no lleva alcohol añadido, que fermenta como el vino o la cerveza pero sin sulfitos ni gluten. Que es limpio, honesto, directo. Que se puede beber a cualquier hora, aunque eso ya lo sabíamos los que hemos bebido a horas en las que no deberíamos estar despiertos.

El mayor reto no es hacerlo, sino convencer al mundo de que vale la pena probarlo. Que un producto local, exclusivo, hecho con cariño y con una materia prima cara, merece un sitio en la mesa. Y vaya si lo merece. Puedes encontrarlos en tiendas gourmet, en cooperativas, en hoteles que presumen de buen gusto. Pero donde realmente brillan es en los eventos, en las ferias, donde miran a la gente a los ojos y les sirven un vaso. Ahí es donde la magia ocurre.

Y no paran. Nuevas recetas, nuevas locuras: hidromieles de baja graduación, con lúpulo, hierbabuena, naranja, manzana. Solo de tirador, solo en ferias. Como tesoros efímeros. Marina y Xisco no hacen hidromiel. Hacen una declaración. Una forma de vivir. Una manera de decirle al mundo: “Aquí estamos. Y esto es lo que somos”.

Para más información: mandragorahidromel.com



Mandragora Hidromel. Por Bernd Eldelbar.

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